Lazarillo de Tormes, el súper-anti héroe

La historia del segundo Lazarillo parece en su inicio una historia sobre la formación de un héroe novelesco. Lázaro es el producto de un aprendizaje largo y diverso (el periplo del primer Lazarillo) y la historia empieza con un Lazarillo feliz y satisfecho que por su buen corazón; los que le rodean (especialmente su mujer y el Arcipreste) se aprovechan de él. El pobre hombre, algo humillado, sale al mar para luchar por su país (aunque no está motivado por un exceso de patriotismo) junto con sus valientes amigos extranjeros. Sin vacilación y de modo abrupto, en el segundo capítulo, el texto presenta la transformación. Se trata de un tipo de anagnórisis, que podría asimilarse, anacrónicamente, a la tormenta que azota a Dorothy (El mago de Oz) o a la revelación de Clark Kent (Súperman). De un soldado algo cobarde y alcohólico, llega a ser experto en el manejo de su espada, matando a los peces que vienen a comerlo. “Parecióme que el Señor me había traído allí”, afirma Lazarillo cuando entra en una cueva.  El poder simbólico de la cueva es patente: reducto del ermitaño, tumba de Jesús, la cueva de Adulam de David, etc.,  ésta también sería el lugar de protección, de reflexión (“comencé a gemir y llorar mis pecados” p. 140), que lo llevaría a pedir perdón de los hechos del pasado. Asimismo, como la cueva del fin del mundo o la cueva de  Hércules, para Lázaro este reducto es también el lugar de la transformación. Es en la cueva donde Lázaro se metamorfosea en atún, donde empieza su nueva vida. El autor abandona el picarismo clásico para proponer una nueva visión del pícaro. De hecho, a continuación Lázaro se revela capaz de asumir esta responsabilidad, por lo menos hasta que vuelva al mundo terrenal.

Estando todavía en la cueva, dice Lázaro: “sentí mudarse mi ser de hombre, quiera no me cate, cuando me vi hecho pez”. Es interesante ver la pasividad de Lázaro en esta transformación. Él no fue el que cambió sino que lo cambiaron los demás. Es el objeto de la metamorfosis y no el artífice. En este proceso de transformación su condición humana (o sea la primera identidad) lo abandonó y, en cambio, la sustituye su condición animal de pez (o sea,  la segunda identidad). El proceso de anagnórisis se completa cuando logra verse a sí mismo desde afuera, desde su otredad.

Al principio las personas del pueblo (los otros peces) no lo aceptan, como no suelen aceptar en un comienzo a muchos héroes o súper héroes. Al contrario, al principio el pueblo siente miedo frente a su poder excepcional, ya que ignora si se trata de un ser benéfico o maléfico. Ello se prolonga hasta que pasa por la prueba correspondiente, y es digno de confianza, ya que el héroe no puede serlo sin su servicio a la sociedad. Esta transición hacia la encarnación en un ser con nuevas habilidades, nuevos poderes, requiere un momento de identificación, de reflexión, necesita su salida momentánea y de reevaluación de la nueva circunstancia:

“yo me hallaba confuso y ni sabía decir mi nombre, aunque había sido bien baptizado, excepto si dixera ser Lázaro de Tormes. Pues decir de dónde ni de qué capitanía, tampoco lo sabía, por ser tan nuevamente transformado.”              (Capítulo III, p. 146)

Es la toma de conciencia del siervo: al vivir este momento ya termina de ser siervo para hacerse señor. Este momento evoca al autor implícito de La Celestina que parece atravesar un proceso de anagnórisis a partir del discurso de Pleberio, y con él abandonar su cautiverio, o en su caso, tal vez, el cautiverio converso (Gilman, 1978, pp. 204-207). Quizá, una referencia que corresponde más al campo literario actual es la de Maurice Molho[1], quien, como Gilman, lleva a la dialéctica hegeliana que dice, respecto a la figura del pícaro, que la transición entre el estado del siervo (el pícaro) y el del señor se hace en dos niveles: primero, la conciencia del siervo existe a través de la del señor y luego, en cuanto empieza el siervo a preocuparse por su libertad, se realiza la toma de su propia conciencia, y por tanto, deja de ser siervo. Lo interesante es que en el caso de Lazarillo, los promotores del cambio son los ojos que lo miran, es decir, la presión social le empuja hacia su destino, hacia su fatum sui generis. En efecto, la participación del pueblo en este fenómeno transicional es imprescindible, ya que en primer término, está la desconfianza respecto de él; nadie le cree y nadie quiere creer en sus poderes especiales: “y oía decir: «Él morirá como otros tan buenos y osados han hecho. […] Dexadle, que presto veremos su argullo perdido» (capítulo III, p. 149). En este momento surge, de manera subconsciente, el deseo de disipar la mencionada desconfianza. Se puede decir que está motivado por un deseo de encontrar su rol en la sociedad. Todo esto evoca también las ceremonias de iniciación de la transición de la juventud a ser un hombre, desde las tribus africanas hasta, en el mundo religioso, el bar-mitzvah, el bautismo o el sacerdocio (por supuesto, muy distintos entre sí)[2]. En efecto, como lo muestra la etimología de la palabra iniciación (initiare, del afijo in- y de la raíz proto-indoeuropeo ei- que deriva en latín ire, o sea, ir), se trata de “ir hacia adentro”. Por tanto, en cuanto la persona supera las pruebas, recibe su nueva identidad y renace como un individuo reconocido dentro de la comunidad. Entonces la única manera por la cual puede mostrar sus poderes (hasta entonces sólo el lector sabe que se trata de poderes sobrehumanos) es mediante el nivel praxiológico, y es lo que el pez Lazarillo hace:

“Luego, la nueva situación frente a los pocos que todavía desconfían de él. Yo fingía que dentro había defensa y me echaban estocadas como aquel que las había echado, y fuía el cuerpo a una y otra parte. Y como el exército estaba desmayado, no tenían lugar de ver que no había que ver. Tornaba otras veces a llegarme a la cueva y acometella con gran ímpetu y a desviarme como antes. Y assí anduve un rato fingiendo pelea: todo por encarecer la cura.”    (Capítulo III, p. 149)

Asimismo, el servicio a la sociedad no se acaba con el bien general de todos sino que el súper héroe también tiene la responsabilidad de proteger a la figura gobernante (por ejemplo, el alcalde de Gotham o el presidente en Súperman, etc.), y de proteger a la autoridad de todo peligro. En esta historia, Lázaro pez protege la vida de Licio, su capitán, matando y persiguiendo a sus enemigos.


[1] Maurice Molho, 1985, pp.209-210. [2] Para una lectura complementaria sobre las ceremonias de iniciación, ver El aprendiz y sus misterios: primer grado, Jorge Adoum (2007) y  La Ceremonia de Iniciación, María Luisa Puga (1994).

Hacia un glosario de la obra conversa

Una breve clasificación de una variedad de campos semánticos y términos que han me surgido en el trabajo relativos referencias textuales relacionadas con el mundo converso. Es decir, sin la certeza de que un autor sea converso, estas marcas textuales estarían configurando un determinado tipo de decodificación, capaz de reconocerlas como referencias a dicho paradigma. El hecho de que ciertos autores de los siglos XV al XVII sea desde su propio conocimiento sea para lectores, en una realidad multi étnica de cristianos viejos y conversos, capaces de decodificar sintagmas específicos, ya sea desde un posicionamiento de identificación como de burla o rechazo. La lectura de los textos áureos requiere a menudo cierta medida de reconocimiento de las referencias explícitas o implícitas en los textos.

Es de notar que muchos de los referentes que enumeraré a continuación aparecen tanto en las obras escritas por y sobre conversos y sobre la conversión como también en los procesos inquisitoriales. De hecho,la Inquisición es una fuente sólida y fidedigna de información, ya que solía emprender una tarea de decodificación de las marcas judaizantes, de costumbres “sospechosas” y aun de conflictos interiores.

Campos semánticos:

La comida:

  • Tocino – el rechazo a la ingestión de tocino, por un lado, o la preocupación por ostentar la obsesión con este tipo de comida, por otro. La prohibición de comer cerdo, vigente en la religión judía y musulmana, convirtió su ingestión en una prueba, un examen, un indicio que mostraba la sinceridad o falsedad de un nuevo cristiano. Los criptojudíos que mantuvieron su judaísmo negando por completo la religión cristiana, no comían cerdo, a veces, poniendo su vida en riesgo. Como he mostrado anteriormente en el episodio de Lozana con Rampín, los mozos y el bocado de tocino, ella, con manipulación, consiguió evitar que los dos supuestos conversos comieran el bocadillo.
    Otro aspecto relacionado con el tocino es el salar la carne. Aquí la interpretación puede ser ambigua ya que de un lado los cristianos viejos salaban el tocino para su preservación, y del otro, se sabe que los judíos salaban la carne para secar la sangre y así respetar las normas prescriptas por la religión judía.  Además, para cocinar, el judaizante o criptomusulmán prefería el aceite a la manteca de cerdo.
  • Otra comida relacionada con la cocina judía tradicional:
    – Boronía – plato a base de berenjena, supuestamente de origen mediterráneo, sefaradí y/o musulmán.
    – Hormigos en aceite y no en agua, como las cristianas viejas (lo hemos visto enLa Lozana Andaluza).
    – De modo general, no se comía carne de un animal muerto que no haya sido desangrado.

Profesiones:

  • Como traté de mostrar en este trabajo, la prostitución estaba en muchos casos relacionada con las judías convertidas; “la comunidad de judías españolas de Roma” según José Manuel Morán.
  • Las profesiones tradicionales atribuidas a los judíos se desplazan a los conversos: comerciantes, banqueros, médicos, sastres, escribanos, etc. Es el microcosmos profesional dentro del macrocosmos heterogéneo de los conversos.

La vida social:

  • Los chistes y el humor sobre la condición conversa o, en su defecto, sobre la obsesión anti-conversa.
  • La mezcla, confusión y desorden de los estatutos sociales, por una parte, y el desprecio por autoridad religiosa, por otra.
  • La determinación de la línea de los ancestros: padres, madres, abuelos o cualquier mención irónica de los antepasados en general.
  • En ciertas obras se ve el afán “judío” por el tratamiento de respeto “don”.
  • Los ritos judíos del luto (por ejemplo, cortinas negras e ingestión de huevos duros y aceitunas).

Indumentaria:

  • Uso y abuso del disfraz como pasaje social: el protagonista quiere mostrarse como otro que no es y de allí que mimetice la vestimenta.

Lo físico:

  • Irregularidad en cuanto a la forma, especialmente en la cara (el tamaño de la nariz).
  • El color bermejo del cabello.

Referencias religiosas:

  • El rechazo del número tres, sagrado para el cristianismo, al señalar la Trinidad.
  • Abundancia de menciones de Dios (o Dio).
  • La escatimación de la mención de Jesús, Virgen, María etc.

Onomástica:

  • Se notan cambios de nombres en el protagonista, sus parientes o cualquier otro personaje en la obra. El cambio de nombre conlleva un cambio de identidad.

Introducción de palabras en hebreo:

  • Si bien esta marca puede ser ambigua, ya que suele ocurrir que la utilización, en ciertos casos, de esta lengua puede servir para mostrar el conocimiento bíblico, en ciertos contextos puede ser una marca del paradigma converso, si bien los cristianos nuevos judaizantes se cuidaban y evitaban utilizar o mencionar palabras hebreas por el peligro inquisitorial.

Hibridismo:

  • Polifonía marcada en la obra.

Culto a la memoria histórica:

  • Menciones de índole comparativa entre el pasado y el presente, especialmente en cuanto a la situación conversa.

Obsesión con la temática de la sangre:

  • Este aspecto responde a la obsesión sanguínea de la época, relacionada con los estatutos de limpieza de sangre.

No es del todo macho ni del todo hembra

La figura del Al-Buraq, o Alborayque (a la pronunciación española, según dicen, de forma algo satírica), siempre incitaba nuestra imaginación. Recientemente encontré en un manuscrito en la biblioteca Richelieu en París un texto del siglo XVII que describe de manera interesante a este animal misterioso y, como van a notar, maravilloso.

La primera que tenía boca de lobo

La segunda Rostros de Caballo

La tercera osos de Hombre

La cuarta orejas de perro lebrel

La quinta Cuello de hacanea con crinel

La sexta Cuerpo de Buey

La séptima Cola de Serpiente

La octava en cavo de la esta una cabeza de águila

La nona en cavo de la cola un cuerpo de pavón

La decima un brazo de pierna de Hombre con calca galante y el pie calcado

La undécima otro brazo con una pierna de caballo con herradura

La duodécima Una pierna de águila con sus uñas

La decimotercia pierna de león sin uñas

La decimocuarta el pelase de todas colores

La decimoquinta carne de todas mansares

La decimosexta no es del todo macho ni del todo hembra

La decimoséptima la silla decir estrado Rico

La decimoctava el fuerte de la silla de palo de higuera

La decimonoveno estribos de muchos metales

La vigésima el freno de fuego encendido

Las arriendas de espada acicalada de cerófino

[Espagnol 354 • F. 232-240 v° • 28 “Libro llamado el Alborayque.”]

Alborayque

Este animal esplendido fue el transporte de Mohamed de Meca a Jerusalén inmediatamente después de que Dios lo resucitara, o así por lo menos dice la leyenda.

Hibridismo no es una novedad en las leyendas en todas las culturas. Es una base importante de incitar la imaginación y generar un sobrecogimiento en el pueblo a base de componentes conocidos. Por tanto, en los 20 puntos arriba mencionados todas las descripciones nos son imaginables, es el juego de construcción y el resultado híbrido final que nos fascina. Quizá, desde un punto antropológico, la razón de tal deseo sea el impulso natural del hombre de sobrevivencia. Según dicen los biólogos, cuanto más los genes que se mezclan son lejanos en su origen más resistente y fuerte sale la nueva creación.

En el Corán sólo se menciona un caballo con alas, pero la mente creativa no necesita mucho ímpetu para seguir desarrollando el mundo de maravillas.