Un tapaboca llamado Mateo

Mateo Lisón y Biedma escribió El tapaboca que azotan (1630) bajo el apodo Bachiller Ignorante[1]. Lo escribió como respuesta a la obra de Francisco de Quevedo El Chitón de la Tarabillas (obra escrita como parte de la campaña propagandista del valido).

A lo largo de toda su carrera Lisón predicaba para el bien de la República y contra la corrupción y el mal uso de los dineros públicos. Por ejemplo, en un episodio descrito en manuscrito ubicado en el Archivo Municipal de Granada, se relata como el Cabildo de Granada deseó gastar una cantidad importante en recibir el arzobispo de Sevilla. Lisón, el procurador,  se negó, diciendo que ese dinero era para obras públicas, y como consecuencia acabó en la cárcel por orden del aguacil pidiendo que reflexionara otra vez sobre materia de obligaciones.[2] Pese a este incidente siguió con las acciones y voces en contra de las maniobras de corrupción. El experto economista no renunció a sus principios y persistió hasta el final de su vida intentando influenciar en el gobierno para una mejor conducta fiscal y mayor conciencia social.

Lisón ofrece en su Respuesta 19 remedios para curar la situación socio-económica. Algunos de los remedios ya se han visto en previos arbitrios y otros pueden aparecer con cierto matiz novedoso. Elliott los resume diciendo que el granadino proponía “moderación fiscal, proteccionismo económico, reducción de los gastos en las casas reales, restricciones suntuarias y esfuerzos para poner a atrabajar a las personas pobres y sanas.”[3]

Lisón se enfrenta a Quevedo pero como se verá algunos años más tarde con el cambio de ánimo político de Quevedo, los dos van a compartir algunas ideales claves en cuanto a la manera de como hay que gobernar. Para los dos, si el Rey es el soberano elegido por Dios, debe gobernar solo, el privado es un consejero entre muchos otros[5] y no debe usurpar el poder totalitario[4].

Por último, “todos los miembros de la república han de acudir a conservarla y defenderla, como a cabeza en quien consiste la virtud de que han de participar.” Lisón dijo que hay que ayudar al Imperio, y todos deben compartir para no caer en “crimen de patricida”.[5] Tras esta declaración, el desterrado ex-funcionario cataloga las múltiples funciones del gobierno y la contribución bien calculada de pagos anuales de sus sueldos, para algunos, hasta un gaje entero cada 5 años (con tales ideas no es muy sorprendente que no es tan conocido como debería ser).


[1] Aunque Astrana Martín sugiere que la obra fue escrita más bien por un religioso al servició del privado. Chitón, 1998, pp.23-24. [2] Vilar, 1971, p.272. [3] Elliott, 1991, p.417. [4] Segúnla Historia de España de Menéndez y Pidal Felipe IV tuvo 187 secretarios del rey (al contrario de 12 para Carlos I o 50 para Carlos II (1982, Tomo XXV, p.119). [5] Vilar recalca la identificación de Lisón con su ideal de República (Vilar, 1971, p.291). En cuanto a Quevedo, la opinión se volvió en obsesión contra la idea de manipulación, hipocresía y tiranía (Jauralde, 1986, p.55). [6] Astrana Martín, 1945, p.609.

el texto, Lisón y Biedma, El Tapaboca que azotan

Fuentes sobre la figura del arbitrista

Es interesante ver como en casi cada artículo, libro o ensayo sobre esta figura curiosa existe una definición de lo que significa, o debe significar, el término “arbitrista”. Es decir, ¿Para qué cada investigador siente la necesidad de dedicar algunas líneas definir su propio arbitrista? ¿acaso explicamos qué significa un médico cada vez que lo mencionamos, o un cambista, o un prestamista?

Primero y lo más evidente, debe ser para llenar más espacio y llegar a la cuota del editorial, luego, por la simple razón que cuando uno dice arbitrista, parece que existe más de una interpretación.

Presento aquí una breve elección de fuentes para los interesados de esta enigmática figura:

  • Jean Vilar dedica todo el primer capítulo de su libro, Literatura y economía, a la significación semántica, social, política de la palabra ‘arbitrista’.
  • Elliott dice que eran “clérigo, juristas, mercaderes, oficiales reales o simples aventureros” y que las opiniones eran muy diversas sobre el desarrollo socio-político y sobre la decadencia, algunos charlatanes y otros buenos consejeros. [1]
  • Cánovas del Castillo en su Discurso sobre el remedio general de las necesidades de estos reinos, citado por Colmeiro, dice: “El arte dificultoso de sangrar la vena de la común riqueza sin que nadie lo sienta en particular, constituía la diligente y asendereada profesión del arbitrista. Así llamaban las numerosas que pasaban la vida discurriendo cómo sacar la quinta esencia, no sólo de todo cuanto estaba en el comercio de los vivos, pero también hacían peculiar a los muertos.”[2]
  • Colmeiro, en Historia de la economía política, opina: “Esta ralea de arbitristas era la peor, pues no sólo atormentaba a los pueblos con su funesta fecundidad, pero daba ocasión a que fuesen tenidos por locos o maliciosos muchos políticos sinceros, leales y discretos, que proponía cuerdas reformas.”[3].
  • Dubet: en su artículo “L’arbitrisme, un concept d’historien”, trata de la pregunta qué sería la calificación de un arbitrista, una de las conclusiones a la que llegó fue: « un auteur de mémoires qui s’adresse au roi, à ses Conseils, à ses juntes (juntas),ou à quelque membre influent de ces organismes, aux Cortes ou aux parlements, afin de leur indiquer les mesures à prendre pour sortir de difficultés d’ordre financier, fiscal ou économique. »[4].
  • García Guerra, analizó la figura del “buen o mal” arbitrista partiendo de la definición de un arbitro, diciendo: “El arbitrio es cualquier propuesta dirigida a aumentar los ingresos de un reino o entidad política, pero en el conjunto de la Monarquía Hispánica y de manera muy especial en la Corona de Castilla.” Inmediatamente después precisa en cuanto al arbitrismo: “el fenómeno del arbitrismo transcendió lo puramente fiscal y dio lugar a todo un corpus de obras sobre pensamiento político, económico y social teñido, a menudo, de un profundo reformismo.”
  • Gutiérrez Nieto, describe los arbitristas como un grupo de españoles que se lanzan a diagnosticar y proponer remedios para la situación de “progresivo empobrecimiento y de despoblamiento.”[5]

[1] Como ejemplo para los buenos consejos Elliott menciona a Cellorigo y su obra Memorial de la política necesaria y útil restauración a la república de España (1600). Elliott, 1991, p.108. [2] Referencia de Vilar, 1973, p.36 n.26. Cita de Manuel Colmeiro, Historia de la economía política en España, Vol. 2, p.585, 1863. Las referencias de Vilar son T. II, p.1177, 1965. En Castillo, Problemas contemporáneos, t. I, pp.305-329. [3] Colmeiro, 1965, p.1178. [4] Dubet, 2009, p.2. [5] Gutiérrez Nieto,1996, p.331