Rubén Darío, poeta de identidad atemporal y universal, parte I‎I

daríoEl término identidad lleva en sí su origen: la palabra latina “IDEM” que significa “lo mismo”. Etimológicamente hablando, buscar la identidad de alguien significa definir quién es, de donde viene y a qué lugar pertenece, descubrir su cultura, sus aspectos  tanto exteriores como interiores. Averiguar nuestras creencias, apariencias, según el pensamiento hegeliano que trata de conocerse vía los ojos del otro, cómo nos vemos y cómo vemos a los otros. Sin embargo, en América Latina el problema parece ser muy grave, especialmente por su heterogeneidad. Según Leopaldo Zea: “Por el mundo entero… el tercer mundo debe tratar de crear una nueva forma de pensar, una identidad no excluyente, una filosofía que sea instrumento de solidaridad y libertad”. (El pensamiento latino americano: 432). Darío contribuyó a esta forma de pensar en gran medida mediante su poesía. Él poetizó sobre la gloria de la América precolombina y por otro lado la América de su tiempo y así desarrolló el tópico de la identidad americana. Para concretizar la teoría podemos presentar algunos de sus poemas tratando del tema. En el poema “A Colón” sacado de “El Canto Errante” escrito por él  (publicado en 1907) notamos la mirada dariana sobre un aspecto de la América de hoy, o sea, de dolor y desesperanza. Una visión negativa del hablante poético al mismo tiempo que alaba su glorioso pasado. Antes y ahora, una América que con toda la importancia y el valor emblemático del descubrimiento del Novus Mundus, momento clave en la historia de la humanidad, hubiera podido ser libre, respetuosa y fructífera.

Este poema consta  de 14 serventesios de dodecasílabas con rima alterna consonante (ABAB). En cuanto a la estructura del poema, vemos primero que la métrica no cambia a la largo de las estrofas tanto como el hilo conductivo que sigue el “yo” poético hasta el final. Hay una fluidez en el poema que solo cesa en 5 momentos bien marcados por los potentes puntos exclamativos: al principio (Vv 1), tres veces en la mitad (Vv 24, 28, 36) y al final (Vv 56).

¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,
tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños, es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.

Ya desde el primer verso percibimos la ira de Darío contra la personificación más conocida de la llegada de los españoles a las Indias, Cristóbal Colón, el “¡Desgraciado Almirante!”. Muy hábilmente, Darío resume lo que conocemos de la publicación de Bartolomé de Las Casas de los diarios de viaje de Cristóbal Colón. El primer encuentro de este último, la admiración del “Paraíso Terrenal” como dijo el mismísimo explorador. No obstante, ni Colón, ni su tripulación pudieron adivinar los acontecimientos que iban a preceder este histórico descubrimiento. Por ello, lo que es “india virgen, hermosa de sangre cálida” se convierte en “histérica de convulsivos nervios y frente pálida”. En el poema el “yo” poético utiliza desde la primera estrofa variedad imborrable de adjetivos: desgraciado, pobre, hermosa, cálida, convulsivos y pálida. Ellos proponen In Media Res al lector el sentimiento trastornado y dicotómico del sujeto acerca de su América.  Además, el poeta utiliza la prosopopeya (“sangre cálida” (Vv 2), “nervios”, “frente” (Vv 4)) para personificar el continente, lo que crea en el lector un acercamiento e identificación con estos sentimientos.

Este hilo conductivo de las dos Américas quasi-comparadas sigue a lo largo del poema con varios ejemplos: algunos que hablan por sí como “ídolo de piedra” (Vv 9) reemplazado por el “ídolo de carne” (Vv 10); los términos antitéticos en los versos 11 y 12 “blanca aurora” y “sangre y ceniza”, un juego cromático que envuelve contradicción probablemente para intensificar la diferencia y la imagen de la sangre en la mente del lector. Añadamos el hecho de que metafóricamente utilizó a los Judas y a los Caínes para designar al fraude y mentira del este y a la traición de aquello (Vv 16), los dos caracterizando la América de hoy. En la quinta estrofa Darío  hizo una alusión a la revolución francesa que siempre sirvió como una referencia al éxito social de un pueblo reprimido por sus dirigentes.

Bebiendo la esparcida savia francesa
con nuestra boca indígena semiespañola,
día a día cantamos la Marsellesa
para acabar danzando la Carmañola.

 

En este punto culminante en el poema vemos por primera vez la fusión de las dos identidades, el mestizaje, como se “indigeniza” el español y se hispaniza el indio. “la boca indígena semiespañola” (Vv 18) es el carácter imprescindible de Rubén Darío, es el rechazo y recuperación de su identidad, es el ser americano, un tema al cual volveremos más tarde.

 Sin embargo, acerca de lo francés, es un buen momento mencionar la admiración abierta y la relación amorosa que tuvo Darío con Francia y sus hallazgos literarios. Tanto admiró y contempló la naturaleza de América Latina como aprendió del mundo literario francés. Como el poema titulado Dream el “yo” poético da un homenaje a los europeos:

Shakespeare va por la floresta,
Heine hace un “lied” de la tarde…
Hugo acompasa la Fiesta
“Chez Thérèse”.  Verlaine arde

O en Poesías Profanas en el poema titulado Divagación:

Verlaine es más que Sócrates; y Arsenio
Houssaye supera al viejo Anacreonte,
En París reinan el Amor y el Genio:
Ha perdido su imperio el dios bifronte.

Luego, la comparación sigue entre los “los hombres blancos” (Vv 27) llenos de hipocresía y mentiras y los caciques indígenas, a los cuales Darío añadió el pronombre posesivo en la primera persona del plural “nuestros” (Vv 23). El campo léxico no deja lugar a dudas en cuanto a la dicha comparación: “soberbios”, “leales”, “francos” “raras plumas” de los indios caciques. Con los nombres de Atahualpa y Moctezuma tenemos un eco del vasto conocimiento de Darío a las culturas indígenas precolombinas. En su poema titulado Tutecotzimí Darío nos narró algunos acontecimientos de aquel pasado lejano con un saber de historiador, utilizando así los nombres de tribus, caciques y curacas además del vocabulario náhuatl.

La exclamación del dolor del “yo” poético continúa con la forma de los verbos y sus referencias temporales en modo subjuntivo imperfecto. Referencias que crean una argumentación hipotética de un lado con el hablante y del otro  con el lector.

¡Pluguiera a Dios las aguas antes intactas
no reflejaran nunca las blancas velas;
ni vieran las estrellas estupefactas
arribar a la orilla tus carabelas!

Como afirmó el mismo Rubén Darío en sus Palabras liminares de su gran obra Poesías Profanas: “Si hay poesía en nuestra América ella está en las cosas viejas, en Palenque y Utatlán, en el indio legendario, y en el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro.” Es el lema del modernismo, es la magia que el gran vate intentó pasarnos, la libertad y lo natural que reinaba antes de la llegada de los invasores.

Libre como las águilas, vieran los montes
pasar los aborígenes por los boscajes,
persiguiendo los pumas y los bisontes
con el dardo certero de sus carcajes.

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