Cerdo, comer o no comer, esa es la cuestión!

A pesar de la ausencia de información respecto de la vida de Delicado, se nota que el mismo autor muestra un sorprendente conocimiento en cuanto al mundo judío, especialmente en lo que atañe al aspecto culinario. Primero, según los indicios de la comida:

“Sabía hazer hojuelas, prestiños, rosquillas de alfaxor, textones de cañamones y de ajonjolí, nuégados, xopaipas, hojaldres, hormigos torçidos con azeite, talvinas, çahinas y nabos sin toçino y con comino; col murciana con alcaravea, y «olla reposada no la comía tal ninguna barba». Pues [1]boronía ¿no sabía hazer?: ¡por maravilla! Y caçuela de berengenas moxíes en perfiçión; caçuela con su agico y cominico, y saborcico de vinagre, esta hazía yo sin que me la vezasen.” (Mamotreto II, p. 178)

“Beatriz dice: “No quería sino saber d’ella si es conversa, porque hablaríamos sin miedo”. A lo cual Teresa contesta: ¿Y eso me decís? Aunque lo sea, se hará cristiana linda.” Pero es la misma Teresa quien resuelve el problema: “Mirá en qué estáis. Digamos que queremos torcer hormigos y si los sabe torcer, ahí veremos si es de nobis [una de nosotras], y si les tuerce con agua o con aceite”. Y cuando llega el momento de torcer los hormigos Lozana utiliza aceite, indicando así que es conversa y no de los cristianos viejos que utilizan agua.” (Mackay, 1993, pp.127-141)Luego, Lozana participa en un examen de origen y tradición según las rameras conversas, habitantes del lugar; dice al respecto Mackay:

Los hormigos en aceite y no en agua era una parte del proceso de identificación y aceptación en el seno de la comunidad de las prostitutas españolas o en otras palabras: “la plena integración de Lozana en la comunidad de judías españolas de Roma.” (J. Morán, 2003, p. 3).

La importancia de la comida en la obra es incuestionable, ya que el autor trata la nutrición y la comida en general, como un acto primordial, culturalmente hablando. En otras palabras, en sus referencias a la comida, Delicado expone la comida judía, lo que deja suponer que era un paradigma por él conocido. Ello atañe, por supuesto, a la utilización de términos que no son de índole o de significación sexual (Por ejemplo, cuando Lozana dice a Rampín en el mamotreto

XIV “¡Cuánto había que no comía cocho! Ventura fue encontrar el hombre tan buen partiçipio a un “pasto””, las referencias a lo comestible posee un doble sentido de orden sexual). Como es sabido, muchas de las denuncias de judaizantes fueron por costumbres culinarias mal escondidas, especialmente durante las fiestas religiosas. Así, por ejemplo, Lozana menciona el pan cenceño (mamotreto XII, p. 219). Observa Rica Amrán:

“En las denuncias [de los herejes judíos, cripto judíos] encontramos evidentemente elementos de religiosidad, como las festividades, pero según apreciamos la higiene personal y la de sus viviendas, sus costumbres culinarias, en una palabra ‘su cotidiano’, sirven para separarlos de la colectividad.” (Amrán, 2008, p. 135)

Se sabe además, que durante las detenciones y encarcelamientos de cristianos nuevos en los sótanos inquisitoriales, los guardias utilizaban agujeros secretos para espiarlos, buscando rituales judaizantes para poder denunciarlos. En muchos casos, estos rituales estaban relacionados con la comida, tales como los ayunos, el hecho de privarse de comer tocino*, etc.

Otro ejemplo se encuentra en el mamotreto XXXIV en que los mozos quieren que Rampín coma jamón, y eso es lo que sucedió:

MOÇOS.- Señora, venga, que él de casa es. Ven acá, come. Pues que veniste tarde, milagro fue quedar este bocado del jamón. Corta y come, y beberás.
RAMPÍN.- Ya he comido. No quiero sino beber.

FALILLO.- Pues, ¡cuerpo de tal contigo! ¿En ayunas quieres beber, como bestia? Señora Loçana; mandalde que coma, que ha vergüenza.
LOÇANA.- Come presto un bocado y despacha el cuerpo de la salud.
FALILLO.- ¿Qué esperas? ¡Come, pese a tal con quien te parió! ¿Piensas que te tenemos de rogar? Ves ahí vino en essa taça de plata. ¡Passo, passo! ¿Qué diablos has? ¡Oh, pese a tal contigo! ¿Y las tripas echas? ¡Sal allá, que no es atriaca! ¡Ve d’aquí, oh, cuerpo de Dios, con quien te bautizó, que no te ahogó por grande que fueras! ¿Y no te podías apartar? ¡Sino manteles y platos y taças, todo lo allenó este vuestro criado, cara de repelón trasnochado!
LOÇANA.- ¿Qué es esto de que reviesa? ¿Algo vido suzio? Que él tiene el estómago liviano.
FALILLO.- ¿Qué es esso que echa? ¿Son lombrizes?
MOÇOS.- Agora, mi padre, son los bofes en sentir el toçino.
LOÇANA.- Denle unas pasas para quese le quite el hipar, no se ahogue.
MOÇOS.- ¡Guay d’él si comiera más! Dios quiso que no fue sino un bocado.
OROPESSA.- No será nada.
LOÇANA.- Señora, no querría que le quebrasse en çiçiones, porque su padre las tuvo siete años, de una vez que lo gustó.
FALILLO.- ¡Amarga de ti, Guadalajara! Señora Loçana, no es nada, no es nada, que lleva la cresta hinchada.
LOÇANA.- Hijo mío, ¿toçino comes? ¡Guay de mi casa, no te m’ahogues!
FALILLO.- ¡Quemado sea el venerable tocino!
(Mamotreto XXXIV, pp. 340-341)

Como se puede ver, Lozana manipula la situación con su astucia, hasta que los jóvenes echan el tocino. Me permito sugerir, entonces, que escenas parecidas ocurrieron frecuentemente en los encuentros entre los diversos grupos: el converso/criptojudío y el cristiano viejo. Sicroff, en su libro, Los estatutos de limpieza de sangre, menciona en una nota cómo se notaba en diversas obras esta importancia de la comida. El crítico cita a Edward Glaser[2]: “El comer carne de puerco llegó a ser prueba de pureza religiosa y racial” (Sicroff, 1985, p. 315). Glaser, dice Sicroff en otra referencia, también presenta en su libro varias citas de la literatura española donde se burla de lo poco de tocino que come un converso sólo para convencer a los otros que la carne de cerdo no le repugna; también existieron conversos que tenían en su casa un par de jamones como “bienes raíces”, que guardan para ostentarlos. Desde luego, Sicroff sigue con otra referencia primordial: el Licenciado Cabra (El Buscón, 1927, p. 44) “para imponer silencio a los maldicientes, se ve obligado a añadir tocino a la olla, por no sé qué que le dijeron un día de hidalguía”. Todas son observaciones pertinentes ya que era habitual que la Inquisición distinguiera al judaizante del cristiano nuevo sincero mediante la ingestión de un cerdo.


[1] Plato a base de berenjenas; [2] El trabajo Referencias antisemitas en la literatura peninsular de la Edad de Oro de. Glaser es citado también en el artículo de Mackay.

* un debate interesante sobre la pregunta de por qué no comer cerdo encontré en el siguiente enlace: http://ateismoparacristianos.blogspot.com.es/2011/11/de-por-que-dios-odia-al-cerdo.html

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